He llegado a un punto en el que escribo sólo cuando estoy triste. Para que las palabras, inútilmente, ayuden a reflotar mi desbarajustado corazón.
Es raro mirar atrás y ver cómo ha cambiado todo. Debí haberlo pensado cuando empecé a escribir todo esto; que se convertiría en alguien muy especial para mí. No me importas porque estés a mi lado, no me importas porque seas la persona que me soporta, tampoco me importas porque me correspondas ni me importas desde que empezamos a besarnos; me importas porque te quiero. No ahora, sino siempre.
Mi persona tiene varias conexiones con el resto. Unas, muy melancólicas, se unen a gente con la que ya no mantengo el contacto pero sigo queriendo. Otras, muy distantes, se unen a gente de mi pasado a la que ya no mantengo en estima.
Hay otras muy abundantes, que me unen con los amigos que veo día a día y con los que trato, y a los que quiero.
Las más importantes son las conexiones del alma. No sé si me agrada o disgusta decir que tengo muchas: mis padres, mi hermana, mis mejores amigos.. Son personas por las que daría mi vida.
No te quería por aquel entonces, ni siquiera me fijaba demasiado en ti; pero desde un momento en concreto ésa conexión se ha ido fortaleciendo hasta llegar a lo que es ahora. Ni sé cómo ni sé por qué, pero ha pasado.
Ésa delgada línea que nos unía empezó a ser grande con un mensaje el 1 de Abril. Fue nutriéndose de abrazos, de saludos, de risas, de miradas, de locuras, de partidas y de conversaciones hasta un día de Julio en el que era ya tan grande que empezó a volverse fuerte; gracias a los besos, las caricias, los "te quiero". Las salidas, las noches, y el echarse de menos.
No pensaba que pudiera amarte, ni siquiera pensaba en llegar tan lejos. Empecé por probar y por disfrutar el momento. "¿Qué estoy haciendo?" Así varios días, varias semanas, varios meses.
Si tú estás triste, yo estoy triste.
Porque te amo.
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